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Relaciones heterosexuales durante la adolescencia: Cómo el género influye en nuestra sexualidad

Miren Oderiz Insausti
Monitora de educación sexual
con perspectiva de género

En los últimos años se han producido numerosas transformaciones sociales y políticas que han facilitado un cambio muy importante en la manera de ver y vivir la sexualidad. Todo esto, reforzado sin duda, por la actividad de los movimientos feminista y LGTBI, han hecho que algunas prácticas sexuales, antes mal vistas o consideradas una desviación o una perversión, sean hoy aceptadas socialmente.

La edad de inicio en las relaciones sexuales de adolescentes y jóvenes ha descendido mucho, por lo que es necesario adaptarse a nuevas realidades sociales, no sólo en relación a su identidad sexual y de la orientación de su deseo, sino también a la manera que tienen de expresarse en cuanto al género asignado. Teniendo en cuenta que esto ocurre en edades cada vez más tempranas, vamos tarde en adaptarnos a esta nueva realidad. 

La sexualidad abarca todos los ámbitos de nuestra vida y, por tanto, nuestra educación sexual está condicionada por todos los espacios de socialización que nos rodean, la escuela, las amistades y la familia como uno de los primeros modelos que aprendemos y asimilamos como “normales”. De este modo, la sociedad adulta ha tenido que educar en una materia para la que no fue preparada, por la escasa educación sexual recibida.

Los estereotipos y los roles de género son los que perpetúan la existencia de dos sexualidades diferenciadas, masculina y femenina.

No podemos olvidar que los estereotipos y los roles de género son los que perpetúan la existencia de dos sexualidades diferenciadas, masculina y femenina, algo que aprendemos desde la infancia y que va a condicionar, no sólo nuestras prácticas sexuales o nuestra erótica, sino también cómo nos mostramos en público, según lo socialmente aceptado o censurado, cómo hablamos sobre nuestra sexualidad o cómo nuestros cuerpos se tienen que adaptar a los mandatos de género que nos correspondan en función del sexo asignado (basado únicamente en nuestra genitalidad).

Durante la adolescencia se producen numerosos cambios emocionales, físicos y psicológicos. Las relaciones sexuales se interpretan como el paso de la infancia a la edad adulta, en el que la pérdida de la llamada “virginidad” va a ocupar un lugar esencial. 

Sexualidad masculina y sexualidad femenina

Cuando analizamos el comportamiento sexual entre las personas más jóvenes, parece confirmarse la asunción de los estereotipos y roles de género que históricamente se han reproducido. Sin embargo, se está viviendo un cambio de rol en la forma de vivir la sexualidad, sobre todo en el caso de las mujeres. 

El reajuste de los roles de género que se está produciendo es más lento de lo que parece y las chicas no hablan todavía libremente sobre su sexualidad, igual que no lo hemos hecho las mujeres de generaciones anteriores. Todavía bajan la voz cuando hablan de sexo y atribuyen las relaciones sexuales, mayoritariamente, al marco de una relación estable, siempre con el temor a ser abandonadas y/o descalificadas. Sus dudas están marcadas por la continua tensión entre lo que desean hacer y lo que creen que se espera de ellas.

En general, desde el punto de vista de los chicos jóvenes, el sexo es una necesidad indiscutible y ocupa un lugar preferente en su vida cotidiana. En este sistema que perpetúa la sexualidad diferenciada por el género, a los hombres se les presupone un deseo permanente y, en cierto modo, incontrolable. Su sexualidad debe ser activa y es un refuerzo de su masculinidad. Disfrutan de la libertad de tener relaciones sexuales sin ser juzgados y sus miedos se centran en “estar a la altura”. 

Para ellas esta vivencia es muy diferente, sienten que tienen mucha menos libertad para buscar placer y relacionan con mucha más frecuencia el sexo con el amor. Sus miedos tienen que ver con el dolor físico (penetración) y no disfrutar de la relación sexual. También por sentirse “utilizadas” o defraudadas sentimentalmente, por ser estigmatizadas como “calientapollas” o por no ser deseables para los chicos. En esto último, juegan un papel fundamental los mandatos de género relacionados con el cuerpo y la belleza de las mujeres, establecidos desde una mirada masculina y patriarcal, que afectan a nuestra autoestima y dificultan gravemente el empoderamiento de nuestros cuerpos.

Todos estos estereotipos de género perpetúan la concepción tradicional de la sexualidad femenina, como diferente a la masculina y, además, opuesta y complementaria. Esta concepción está relacionada con los mitos del amor romántico en los que, principalmente las mujeres, hemos sido educadas y socializadas a través de la literatura, la cultura y nuestro entorno. Inconscientemente, relacionamos la sexualidad con la búsqueda de la media naranja, del amor verdadero predestinado para nosotras, que nos convierte en personas completas. 

Estos estereotipos de género perpetúan la concepción tradicional de la sexualidad femenina, como diferente a la masculina

En este sentido, para las jóvenes, las relaciones sexuales se interpretan como una forma de compartir intimidad y “un paso más” en el compromiso con una pareja. Para las chicas, el sexo es una muestra de fidelidad, compromiso, intimidad, respeto o confianza y el placer físico queda en segundo plano.

Parece que hemos dado un paso adelante cuando hablamos de “relaciones poliamorosas”, en las que no existe la exclusividad sexual hacia una única pareja y en las que la libertad es la principal característica. Pero estas relaciones siguen estando marcadas por la presión de la sociedad en la que se producen, que castiga las “infidelidades” de las mujeres y sigue premiando a los hombres capaces de “conquistarlas”. Como dice Coral Herrera, “Los hombres se están adaptando con alegría a la moda poliamorosa, mientras que a las mujeres nos está costando mucho más. Ocurre porque a nosotras nos educaron para ser monógamas, para ser fieles y amarlos a ellos, pero a los hombres les educaron para amar su libertad”.

Presión del grupo. Pérdida virginidad

En el proceso de paso hacia la vida adulta, la “pérdida de la virginidad” ocupará un lugar esencial. Es un mito que se reproduce en el modelo tradicional heterenormativo y coitocéntrico, donde la penetración es fundamental para hablar de relaciones completas y el placer, más concretamente el orgasmo, sólo se consigue a través de la penetración (pene-vagina). 

El sistema patriarcal continúa trasmitiendo este mito como un tabú, especialmente para las mujeres, perpetuando la idea de “perder algo” en el momento de nuestra primera relación sexual (con penetración). Así, continuamos reproduciendo miedo, inseguridad, culpabilidad y vergüenza.

Relacionado con este momento, aparece en la adolescencia la presión del grupo de iguales, aunque se vive de manera muy diferente. Las mujeres nos movemos entre dos límites opuestos que condicionan nuestros deseos y comportamientos con respecto a la sexualidad: nos debatimos entre decir que no y arriesgarnos a que nos etiqueten como “estrechas” o tener las relaciones sexuales que queramos y con quien queramos y nos etiqueten como “putas”. Este debate moral nos lleva muchas veces a mantener relaciones sexuales sin desearlo por miedo a perder a una pareja.  

Para ellos la vivencia es muy diferente, ya que la presión está en demostrar ante el grupo que han superado la barrera, “que lo han hecho” porque lo habitual es la comparación y competición entre ellos.  Además, el grupo funciona como facilitador de las relaciones sexuales de sus miembros porque existe una complicidad que justifica todo tipo de comportamientos. Con los amigos se habla de sexo con naturalidad y libertad.

En lo que sí coinciden ambos grupos es en pensar que los chicos son quienes deben tomar la iniciativa pero, en última instancia, son ellas quienes deciden si mantener o no relaciones sexuales. Si analizamos todos los condicionantes de género, esta percepción que tienen las chicas está basada en la idea de la “falsa libertad”; esa creencia de que hacemos las cosas porque queremos y que nosotras decidimos y tenemos el control, cuando en realidad el sistema patriarcal sigue coartando nuestros deseos y condicionando nuestros comportamientos.

Sexo de riesgo 

La estrecha relación entre sexualidad, estereotipos de género y amor romántico condiciona también la percepción que la gente joven tiene sobre el riesgo en las relaciones sexuales: embarazos no deseados e infecciones de trasmisión sexual (ITS). En general y en relación a esa falsa idea de que los hombres son más promiscuos e irresponsables porque corren menos riesgos, esta responsabilidad recae principalmente en las mujeres, que son quienes deben tener el control y tomar las medidas necesarias. 

En nuestro imaginario colectivo, el sexo está muy relacionado con los espacios de ocio, principalmente nocturnos. Es en estos espacios donde la gente joven establece el escenario para ligar y, si hay suerte, mantener relaciones sexuales. El alcohol y las drogas servirán como inhibidores y, en este tipo de situaciones, la sensación de riesgo disminuye. El objetivo será el placer inmediato e individual y las medidas anticonceptivas pueden ocupar un segundo plano.

El hecho de que se atribuya a las mujeres la capacidad de control sobre los riesgos y el poder último de decisión sobre mantener o no relaciones sexuales, transfiere a las chicas la mayor parte de la responsabilidad en que se tomen o no las medidas preventivas necesarias.

Conclusiones 

La realidad en cuanto a la sexualidad entre las personas más jóvenes sigue dominada por el patriarcado y todavía fuertemente condicionada por la influencia de los roles de género.

Es verdad que se están produciendo cambios, principalmente en las mujeres pero, ¿qué estamos haciendo mal para que todavía no seamos capaces de disfrutar libremente de nuestra sexualidad? Todo lo que vivimos desde la infancia y, por tanto, también la sexualidad como uno de los ámbitos más importantes a nivel individual y a nivel de relaciones interpersonales, está claramente atravesado por el género como forma de dominación y de control social. 

Es importante que en este proceso que la gente joven interpreta como un paso irreversible de la niñez a la edad adulta, les dotemos de todas las herramientas y la información necesaria para que aprendan a vivir la sexualidad como una faceta humana positiva, educando en el reconocimiento y el respeto a la diversidad sexual existente, para que cada persona se sienta libre de identificarse con aquello que le haga sentir bien. En definitiva, una educación en valores de igualdad, libertad, autonomía y respeto desde la infancia.

La falta de educación sexual perpetúa y naturaliza la violencia sexista.

No podemos obviar que la falta de educación sexual perpetúa y naturaliza la violencia sexista. Seguimos creciendo y viviendo en sociedades patriarcales donde la desigualdad y las relaciones de poder son la base de la socialización recibida. A mayor desigualdad, mayor violencia, por lo que no podemos disociar estos dos términos. En el caso de la sexualidad, mientras sigamos educando y diferenciando dos tipos de sexualidad basados únicamente en los estereotipos de género, seguiremos perpetuando relaciones desiguales basadas en la subordinación de las mujeres y el abuso de poder ejercido por los hombres. 

Necesitamos replantearnos cómo intervenir con adolescentes para promover relaciones de calidad, basadas en el deseo y los buenos tratos y que, al mismo tiempo, sean seguras para la salud física y emocional de las y los jóvenes. Es fundamental dar voz y escuchar a la gente joven para que la labor desde la educación y la familia sirva para dotarles de habilidades, conocimientos y valores para que sean ellas y ellos quienes, desde la libertad y la responsabilidad, decidan cómo vivir su sexualidad.

BIBLIOGRAFÍA

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