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¿Cómo se vive la sexualidad desde las masculinidades?

David Romera Herrero
Máster en Sexología y Género

Aunque a día de hoy podemos encontrar una multitud de referencias a trabajos, estudios, instituciones o recursos relacionados con el género procedentes de distintos lugares del mundo, y, a pesar de que este conforma una parte esencial de nuestra identidad desde hace milenios (desde que se habla de hombres y mujeres al menos), los primeros usos del término, y, por tanto, su visibilización, no aparecen en el ámbito académico hasta mediados del pasado siglo en Occidente.

Ya sea citando al doctor John Money (1955) asociado al tratamiento médico con personas intersexuales, a Stoller (1964) refiriéndose a la identidad de género, o a Gayle Rubin (1996, publicado originalmente en 1975) en cuanto al sistema sexo/género que distingue el sexo biológico de las atribuciones culturales y jerarquías que hemos construido en función de este, observamos que por fin se da nombre a aquello nunca lo había tenido como tal. En ese sentido, cabe preguntarse a que se debe todo este ocultismo, y teniendo en cuenta su gran magnitud de alcance, parece que algunas respuestas podrían encontrarse en fenómenos sociales a nivel macro.

En concreto, salta a la vista la influencia del carácter esencialista de nuestra cultura a la hora de considerar el sexo como una fuerza natural. Este hecho afectaría por ejemplo a la concepción de las identidades sexuales (Moreno y Pichardo, 2006), pero no solo eso, sino que, por ende, a todos los aspectos de nuestra sexualidad construidos a partir de la diferenciación genérica, así como al propio género construido en función del sexo (Sáez, 2004). En palabras de Bourdieu (2000, p. 12), esta invisibilidad se debe a “la transformación de la historia en naturaleza y la arbitrariedad cultural en natural”.

Por ello, si consideramos que el género y la sexualidad son un producto inmodificable de la naturaleza, es de esperar que sea dificultoso su estudio como construcción social y política (tal y como las conocemos actualmente). Siguiendo esta línea, algunas autoras como Judith Butler (2007, p. 55) van más allá y llegan a cuestionar incluso la aparente separación entre sexo “biológico” y género: “si se refuta el carácter invariable del sexo, quizás esta construcción denominada sexo esté tan culturalmente construida como el género; de hecho, quizá siempre fue género, con el resultado de que la distinción entre sexo y género no existe como tal”. Si a modo de ejemplo tenemos en cuenta que gran parte de lo que nosotrxs asociamos con masculinidad gira sobre la capacidad del hombre para ejercer poder y control, y que el sexo biológico en sí no prescribe una personalidad fija y estática (Kaufman, 1995), el aprendizaje de estos patrones sociales disfrazado de naturalismo adquiere un matiz político perverso que se manifiesta en nuestra propia sexualidad.

Hasta este punto he preferido no adentrarme en el género como concepto, sin embargo, las propuestas de ciertxs autorxs son muy útiles para poder profundizar en la parte política de este. En primer lugar, y según Judith Butler (2007), el género se reduce a un sistema de reglas, convenciones, normas sociales y prácticas institucionales que producen performativamente el sujeto que pretenden describir. Su aportación nos permite ser conscientes de la aparente presencia de un modelo ideal (pero inalcanzable) al cual todxs debemos llegar con la ayuda/control de la sociedad.

Por ello, si nos centramos en el ideal de sujeto, parece coherente que Paul Preciado (2008, p.86) argumente citando a Teresa de Laurentis (1990) que el hecho de ser hombre o mujer, masculino o femenino, son ficciones somáticas que se producen a través de tecnologías de género que, a su vez, operan de forma heterogénea sobre hombres y mujeres, produciendo no solo diferencias de género (hombre/mujer), sino también diferencias sexuales (homo/hetero, monógamo/promiscuo, …), raciales, de clase, corporalidad, edad, etc. Este planteamiento platónico y jerárquico, en cuanto que representa un dispositivo de poder (Foucault, 1975), rechaza y castiga implícitamente la amplia diversidad, potencial y de facto, de realidades posibles que tienen lugar fuera de la norma e incluso “dentro de ella”, incidiendo plenamente en el desarrollo de la sexualidad a través de la configuración social del deseo y las prácticas sexuales entre otras dimensiones (Connel, 1995; en Riviere, 2017).

Bajo mi punto de vista, el control ejercido sobre los cuerpos y sobre la propia sexualidad de las personas continúa altamente invisibilizado, por lo menos en gran parte del entorno en el que vivo. No solemos reflexionar sobre ello, y en caso de compartir nuestras experiencias, suele ser en contextos de intimidad o privados. Además, incluso en estos contextos cuesta exponer una parte tan “personal” de unx mismx, y lo más probable es que solo hablemos de aquellas vivencias que consideremos que pueden ser más deseables socialmente para las otras personas.

La consecuencia de esta dinámica parece evidente: si no incrementamos los esfuerzos para visibilizar las distintas vivencias sexuales que hay a nuestro alrededor así como la infinidad de posibilidades en esa línea, perpetuaremos de nuevo la eterna búsqueda del ideal ya citado en el párrafo anterior (con todo el sufrimiento y coacción de libertad que esto conlleva en nuestro desarrollo). En mi experiencia personal en cuanto a grupos de amistad masculinos, puedo decir que la búsqueda del placer personal se ve muy condicionada por el significado que tiene la sexualidad dentro de un rol masculino, sobre todo a nivel de estatus o de logro en función de unos parámetros normativo.

Se da por hecho lo que es bueno o malo desde una posición más o menos explícita que destaca por ser exageradamente maniquea, patriarcal, coitocentrista y heteronormativa. Cualquier salida del molde no tiene porque conllevar una respuesta de rechazo directa, pero de primeras si produce seguro una decepción en cuanto a lo que se espera de ti. Partiendo del género y de todas las situaciones de desigualdad que derivan de él, es obvio que si nuestra sexualidad se construye en relación con la condición genérica, las problemáticas también se representaran y reproducirán en este ámbito.

Por ello, si concluimos que vivimos en una sociedad patriarcal y que la sexualidad masculina se caracteriza por una falta considerable de cuestionamiento de los modelos normativos, parece imprescindible comenzar a conocer más ejemplos de vivencias sexuales masculinas alternativas y positivas así como trabajar especialmente esta parte en los grupos de masculinidades, con el objetivo de fomentar unas relaciones más placenteras y equitativas para todo el mundo. Si empezamos a mostrar modelos reales de sexualidad y observamos el sufrimiento que genera intentar alcanzar la norma, la propia norma dejará de tener sentido ya que vernos claramente que no es representativa de la población tal y como solemos creer,  sino que se verá reducida al absurdo como una vía de castración y dolor.

 

BIBLIOGRAFÍA
  • Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.
  • Butler, J. (2007). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós.
  • Foucault, M. (1975). Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión. Madrid: Biblioteca Nueva.
  • Kaufman, Michael. 1995. Los hombres, el feminismo y las experiencias contradictorias del poder entre los hombres. En L. Arango, M. León y M. Viveros (Coords.), Género e identidad. Ensayos sobre lo femenino y lo masculino, 123 – 146. Bogotá: Tercer Mundo.
  • Money, J. (1955). «Hermaphroditism, gender and precocity in hyperadrenocorticism: Psychologic findings». Bulletin of the Johns Hopkins Hospital, 96, 253–264.
  • Moreno, A. y Pichardo, J. I. (2006). “Homonormatividad y existencia sexual. Amistades peligrosas entre género y sexualidad”, en Revista de Antropología Iberoamericana, Ed. Electrónica Volumen 1, Número 1. Enero-Febrero 2006. Pp. 143 – 156 Madrid: Antropólogos Iberoamericanos en Red.
  • Obtenido de http://www.redalyc.org/html/623/62310110/
  • Preciado, P. B. (2008). Testo yonqui. Barcelona: Espasa.
  • Riviere, J. (2017). Identidad masculina y proceso de socialización: crítica, cambios y resistencias. En Consejería de Igualdad del Cabildo de Gran Canaria (Ed), Materiales para la formación y el debate (p.13-43). Obtenido de http://igualdad.grancanaria.com/documents/6306648/0/Libro+MASCULINIDADES2/ae5ff436-4852-4093-ab9b-13af1570b658
  • Rubin, G (1996). El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo. En El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. M. Lamas, Comp. México DF: UNAM.
  • Sáez, J. (2004). Teoría queer y psicoanálisis. Madrid: Síntesis.
  • Stoller, R. (1964). A contribution to the study of gender identity. International Journal of Psychoanalisis, 45, 220-226.

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