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Roles y relaciones sexuales no convencionales

María Rodríguez Carbajal
Máster en Sexología y Género

Este artículo tiene como objetivo profundizar en el BDSM así como en aquellas prácticas sexuales no convencionales a través del libro publicado por la editorial francesa Èditions Gallimard en el año 1994, “El ama, memorias de una dominadora” de Annick Foucault. También vamos a profundizar, por el interés que me despierta, los roles que se juegan en este tipo de relaciones y las dinámicas interpersonales que se derivan de las mismas, así como la expresión de la sexualidad en su máxima originalidad sin guiarse por patrones establecidos en lo cultural, en lo político y en lo social.

La obra es un relato autobiográfico en la que muestra, a través de relatar diferentes escenas, la evolución sexual de la autora. Estas escenas tienen lugar en Francia en las décadas de los ochenta y noventa, cuando la aparición del “minitel” revolucionó y cambió por completo el modo de relacionarse para practicar sexo.

Se trata de un chat de contactos que ofrece la posibilidad de contactar de forma anónima con personas interesadas en temas y prácticas sexuales, favoreciendo el intercambio, por el hecho de ser el sexo un tema tabú, las más diversas prácticas sexuales y posibilitando que vean la luz aquellas prácticas sexuales no convencionales.

El descubrimiento de su sexualidad lo realiza la autora en un primer  momento a través de su familia,  después  con  algunos hombres, luego con su marido y más tarde con otros hombres con los que contacta a través del “minitel”. El libro se distribuye en diferentes escenas en las que la autora describe la dinámica relacional y algunas prácticas sexuales sadomasoquistas. En el articulo aparecerán algunas de ellas con el fin de transmitir a la lectora el sentido de la obra.

Annick Foucault tiene su primer contacto con objetos que se suelen utilizar para practicar BDSM a la edad de diez años. Sorprende a su madre escondiendo algo en lo alto de un armario y ahí se despierta su curiosidad por saber qué hay ahí arriba. Un día consigue alcanzar el paquete y descubre: una cadena, látigos trenzados, unas esposas y unos grilletes de hierro. Recuerda la autora, que teniendo ella nueve años, hizo amistad con un niño de seis. Solían jugar a que ella era la maestra y él el alumno. Como maestra le castigaba y le infringía azotainas. Éste, tras los golpes iba hacia ella en busca de consuelo, y más tarde volvía a pedir que se reiniciara el juego.

Este juego se puede entender por parte de este niño como el inicio de un juego sexual relacionado con el BDSM, o como forma de elaborar a través del juego, tal y cómo hacen los niños, elementos de la realidad que resultan angustiosos o traumáticos; en este caso recibir azotes de su profesora. Y por parte de la autora como un modo de ejercer su poder y de dar rienda suelta a su agresividad reprimida por la cultura. Con trece años se recuerda pidiendo azotainas tras portarse mal por el placer que éstas le hacían sentir. Relata, cómo desde muy joven, se excitaba con las películas de vaqueros, de piratas, donde veía los latigazos y azotes que propinaban a las protagonistas; el cómo se imaginaba su cuerpo herido y ensangrentado, y cómo a más violencia más se excitaba.

En su adolescencia se crea dos personajes que encarnan dos roles sexuales diferentes: Marianne la esclava y Françoise el ama, la dominadora. Antes de concretizar estos dos roles Annie tuvo una relación con un hombre al que llama Gurú. El comienzo de esta relación se da a partir de una paliza que éste le propina sin antes mediar palabra. Ella es consciente de que no sabe muy bien qué está sucediendo en esta relación, pero siente atracción hacia los golpes que le propina y es así como se convierte en su esclava.

El relato de esta escena que titula “el Gurú” choca totalmente con los preceptos y con cómo se entienden hoy en día las relaciones BDSM en las que para ser consideradas relaciones BDSM ha de cumplirse con los principios de seguro, sensato y consensudado. La autora, en este caso, solo se dejó llevar por “la Cosa”, que así es como llama a su deseo sexual que se activa ante la violencia. Finalmente termina la relación con “el Gurú” por la drogadicción de éste. En la escena de “La Puta” relata que mantiene una relación amorosa con una mujer, y que ambas comparten sus amantes. Un día, un amigo homosexual le presenta a su pareja, que está loco por Annick, y le pide que se acueste con él. Desde ese momento “La Puta” pasa a ser esclavo de Annie, hasta que ésta, además de aburrirse con él comienza a observar que “La Puta” se prostituye para hacerle regalos a Annick y su pareja, lo cual preocupa a la autora y le convence para que se vaya, ya que este masoquismo que practica “La Puta” no le atrae.

En esta viñeta de relación a tres se nos muestra cómo no existe entre los personajes el deseo de exclusividad y monogamia tan común en las relaciones heteropatriarcales.

Este tipo de relaciones abiertas es muy común en el ambiente BDSM donde en muchas ocasiones se suele mantener una relación “principal” además de otras relaciones en las que también existen encuentros sexuales.

Annick se casa con un hombre guapo y sexy, aparentemente tranquilo pero psicológicamente atormentado. Era muy celoso, y si ella miraba a otro hombre le pegaba. Tienen tres hijas. Su marido comienza a verse con una amante y es Annie mientras tanto la que mantiene la economía familiar, ya que él decide no trabajar sin consultarlo con ella.

Además de ello, mas que una relación sadomasoquista, mantienen una relación de maltrato. En su rol de esclava, Marianne, permite este maltrato que no diferencia muy bien de lo que sería una relación sadomasoquista. Hasta que un día su marido permite que la amante pegue a sus hijas, y es ahí cuando pide el divorcio.

Finalmente consigue dejarle y asegurar un ambiente seguro para sus hijas. Desde ese momento dice que “corta” el hilo que une el corazón con la vagina, y que vive ambos, el amor y el sexo de un modo muy distinto. Y a través del “minitel”, Marianne buscó diferentes amos con los que ser su esclava. Se encontró con muchos que manifestaban una falta total de sensualidad a la hora de pegarle y que lo hacían de un modo  mecánico  y  frío.  Ella,  se  entregaba  a  personas  que  no conocía y que no sabía cómo la iban a tratar; de qué modo la azotarían,  la  someterían,  con  qué  intenciones,  etc.  Por  lo  que aumentaban las probabilidades de encontrarse con personas como “El Gurú” o como su exmarido, personas sádicas que disfrutan infringiendo dolor y generando miedo en la otra persona sin sexualidad y sensualidad en el acto mismo, atendiendo sólo a sus deseos sádicos.

A lo largo del libro Annick explica que un buen amo ha de ser en el fondo masoquista, ya que ha de respetar los ritmos de la persona que somete en ese momento, identificarse con su dolor para poder manejar la situación de un modo que no resulte altamente dañino para la persona, ofreciendo el placer que la persona pide, pero sin querer infringir un dolor sádico, y sin la intención de someter a la persona más allá de la fantasía y del juego sadomasoquista.

Es clara pues la diferencia entre una relación sadomasoquista (segura, sensata y consensuada) y una relación sádica, sin componente sexual, o sin sexualizar la relación, utilizando la sexualidad como un pretexto para expresar la agresividad, la violencia en sí misma. Es necesaria en mi opinión y sobre todo cuando no se conoce a la otra persona, como nos muestran las primeras experiencias de la autora, crear un espacio de negociación sobre lo que se va a jugar en la experiencia sadomasoquista.

Es importante tener en cuenta, al hilo de los amos sádicos, (añado el adjetivo sádico para diferenciarlos de los amos que no son solamente sádicos, si no que tienen en cuenta otros factores de la experiencia sexual explicados arriba) el papel que juegan las desigualdades de género y el ideario patriarcal cuando uno de ellos maltrata a través de la sexualidad a una mujer. O cuando se valen de prácticas BDSM para dar rienda suelta a sus deseos de maltratar y someter a una mujer.

Por el otro lado, y a raíz de algunos relatos que también ofrece la autora, aparecen tanto mujeres como hombres que no juegan simplemente su fantasía sexual creando un encuadre no protector o de cuidados para ellos, donde en algunos casos se entremezclan sus deseos sexuales masoquistas con personalidades masoquistas que necesitan sentirse castigadas, humilladas, maltratadas, etc., por motivaciones diferentes a las sexuales, atendiendo más a dinámicas psicológicas relacionadas con otros aspectos.

En el encuentro con uno de estos hombres Annie se enfadó y ella misma cogió el látigo para enseñarle a su amo cómo se utilizaba este instrumento. Su amo se entregó totalmente a ella y así invirtieron sus roles. Marianne, harta de sentirse tan desprotegida en su rol de sumisa, se prometió a sí misma que se acabó el masoquismo y que nunca más actuaría desde ese rol, dando paso así a Françoise.

El primer hombre al que dominó era abogado. Era un hombre con alto estatus social y económico, casado y con tres hijas. Le gustaba que Marianne le humillase de múltiples formas. La más llamativa de esta historia es que éste abogado se exponía a humillarse ante su socio, ante su secretaria y ante otros colegas de profesión. Lo que hace pensar sobre la necesidad humana de vivir y expresar diferentes roles, de darse la oportunidad de jugarlos, en este caso desde la sexualidad. En la teoría psicológica de la psicoterapia psicodramática se señala como un factor terapéutico la capacidad de desempeñar diferentes roles, de poder ponerse en el lugar de otros y de permitirse actuar desde ahí. Éste abogado, en su rol social de hombre “responsable”, de “conducta intachable”, necesitaba que ejerciesen con él el rol que él ejercía con sus empleados, y dejarse dominar tal y como lo hacían éstos.

Esta dinámica relacional se ve en diferentes personajes de las escenas que relata Annick, y por supuesto también en ella misma. Es de señalar el cómo el ser humano a través de la sexualidad se permite jugar diferentes roles, tal y como lo hace un niño a través de su juego no sexualizado, como si ya de adultos hiciéramos de la sexualidad nuestro terreno de juegos.

Annick confiesa que con este hombre aprendió a que no se debe una enamorar de su esclavo. Y encontró el poder diferenciar entre el juego, la fantasía y la realidad; ejercicio que también practican los niños para aproximarse al entendimiento de cómo funciona la realidad que le rodea, que es a través del juego.

Al hilo del anterior personaje, en “el Mago” describe la historia de un catedrático de una universidad de alto nivel, que necesita también ser dominado por un ama. Este hombre es conocido por ofrecer matrimonio a sus amas a cambio de dinero, en expresión por su desesperación de poder ser dominado eternamente por una mujer. Lo que nos muestra de nuevo la necesidad de jugar un rol antagonista al que se juega día a día en la cotidianidad.

Annick rechaza casarse con él, pero siguen manteniendo al paso de los años una buena relación. Uno de sus clientes le escribe lo siguiente: “Puerca, zorra, criatura inmunda. Te maldigo, te odio, me has destrozado, me has ensuciado. Mi altiva virilidad, escarnecida por ti, ha quedado ridiculizada para siempre. La misma virilidad con la que yo pensaba invadirte, penetrarte, vencerte, inundarte, aniquilarte, conducirte al éxtasis de las mujeres honradas. Me moriría de vergüenza si alguna vez vieran en qué has convertido al orgulloso macho que yo era…”

Al hilo del juego de roles, aparece en el catedrático y más visiblemente en este último relato la necesidad masculina, brutalmente estigmatizada y perseguida, de jugar un rol femenino, y la mezcla de vergüenza y necesidad al mismo tiempo de actuar este rol. En este discurso se entremezcla la imagen de la mujer “casta” y la mujer “puta”, el ansia del hombre patriarcal por dominar a través de la penetración a ambos arquetipos, y su deseo como ser humano de perder ese control, ese rol de dominación sobre la mujer y sentirse dominado, sumiso, simbolizando este acto a través de la penetración; rompiendo así el esquema patriarcal: es una mujer la que penetra al hombre.

En “el Rasta” éste va al despacho de Annick y la asalta llamándola “perra blanca”, él es negro, y la desafía a que se acueste con él. Tras darle una bofetada y decirle que se desnude, Françoise le responde así: “¡Más aprisa, perra negrata!… De rodillas y repite conmigo: Soy su esclavo, su esclavo negro, y usted, ¡usted es la diosa blanca! Sí, tú eres el negrito, trabajas para mí en la plantación, ¡y te azotaré si trabajas mal! Repite: Soy sucio por naturaleza…”

Otra vez aparece el juego de roles, el jugar lo prohibido, lo reprimido, lo socialmente inaceptable, lo políticamente incorrecto. En muchas fantasías relatadas se escenifica, recrea, aquello que produce dolor, lo traumático, lo que es causa de marginación. Podría tener su explicación en la necesidad de recrearlo bajo una situación en la que se tiene control, ya que es un juego, es un “como sí”, no está pasando en una realidad traumática. Posibilitando así sublimar las angustias que rodean escenas de maltrato, humillación, marginación, etc.; libidinizando estas escenas para poder elaborarlas e integrarlas, mientras se manifiesta excitación por el juego de poder.

Prosigue el relato de Françoise: “No paraba de abofetearle, de escupirle en la cara, y a “Rasta” se le empinaba como un loco”. En la escena de “Nalgas Coloradas”, éste le pide a Françoise reproducir los castigos a los que fue sometido de pequeño en un internado dirigido por mujeres.

De nuevo podemos estar ante una sexualización de lo traumático para adueñarse a través de la sexualidad y del placer, de la posible angustia que haya podido generar una situación, dándole una salida psicológica menos dañina que permaneciendo psicológicamente en la situación traumática; o bien, simplemente se ha producido una sexualización primaria durante las escenas, sin que las angustias psicológicas hayan mediado en el proceso, pudiéndose tratar de una mente que simplemente se excita en la humillación y en el juego de poder.

En la escena de “Mi circo” tras tener una sesión con diferentes masoquistas Annick escribe lo siguiente: “Al principio prefieren conservar la máscara sobre el rostro. Al final, acaban siempre tomándose una copa juntos e intercambiándose las tarjetas de visita. En realidad, han pasado a ser normales en el reino de la anormalidad. Se sienten protegidos, pues todos se parecen”. Quizá, dentro del juego sexual masoquista, al estar dominado por un ama, no se sienten culpables de realizar la práctica, ya que están siendo sometidos, “obligados” a llevarla a cabo, muy diferente de si la llevasen a cabo sin estar “obligados” a ello, dejando a un lado el juego sexual de la dominación. El sentirse obligado a desempeñar un papel es como si expiase la culpa, ya que las órdenes vienen de fuera. Es también el sentimiento en sí mismo de sentirse dominado lo que excita, y la posibilidad de poder llevar a cabo una fantasía que rompe con los esquemas de tu género (en este caso sólo hablamos de relaciones heterosexuales): donde además de ser sometido (un hombre no debe ser sometido por una mujer), puede ser penetrado por ésta, travestirse, feminizarse, comportarse como una mujer “casta” o “puta”.

En el “Hombre Invisible” llama la atención “la labor social” que realiza Françoise. El hombre que la visita le pide, tras ponerse muchos leotardos por todas las extremidades de su cuerpo y cabeza, que lo cubra con una cinta adhesiva y le deje solamente un pequeño agujero para respirar. Así permanece dos o tres horas hasta que pide ser liberado. Françoise le pregunta cómo empezó esta fantasía y éste relata que de pequeño, tras caerse por el hueco de una alcantarilla quedó colgado de unas cuerdas, y allí tuvo una erección y eyaculó. Quedó fijada en su psiquismo al placer sexual esta sensación de estar atrapado y tendido entre cuerdas.

En cuanto a la labor social, en el sentido de que en la sociedad en la que vivimos, bastante cerrada a hablar de sexo, de fantasías no normativas, ¿cómo se pueden llevar a cabo fantasías inusuales sin que te tilden de persona “enferma”, “pervertida”? Es aquí donde muchas veces entran las trabajadoras sexuales como Françoise a facilitar la creación de fantasías sexuales, que en muchas ocasiones llevan atormentando a las personas durante años e incluso décadas. Por supuesto que aquí se está obviando el discurso anti prostitución, que no siendo el tema del articulo no se desarrollará, y por supuesto no se pretende inclinar la balanza hacia uno u otro discurso. Sólo se hace mención a una de las múltiples caras que tiene la prostitución.

También relata la historia de un hombre que deseaba hacerse pasar por un pavo para ser cocinado. Éste se había construido un horno a su tamaño y le excitaba que el ama pasease por delante del horno, le echase salsa, regulase la temperatura, etc.

Esta obra normaliza la práctica de fantasías sexuales no convencionales, más allá de las prácticas BDSM, formando parte también de la pornografía/ sexualidad KINKI. Nos muestra el lado humano de éstas fantasías dejando a un lado los apelativos de “puta”, “maricón” y dejando ver claramente que el desarrollar estas prácticas, y tener este tipo de fantasías no colocan a la persona en la categoría de “enferma mental”.

La obra rompe con la hipocresía que a lo largo de la historia ha rodeado a la sexualidad, ya que además existen registros históricos de prácticas sexuales diversas, de roles invertidos, de prácticas homosexuales, etc..

El libro se publica en los años noventa, y es fruto de unos testimonios y unos hechos que comenzaron en los años ochenta. Es un relato que se atreve a romper y a visibilizar una sexualidad no normativa, que atenta contra la ideología del amor romántico y sus prácticas sexuales, poniendo en tela de juicio el discurso médico y psiquiátrico represivo alrededor de las prácticas BDSM y/o sexualidad KINKI. Es de agradecer a la autora su sinceridad y transparencia al exponerse al mundo entero en su obra autobiográfica, y en relatar las curiosidades y particularidades de la sexualidad humana más allá de los prejuicios que pueda traer consigo el hablar de sexo.

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