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De la perspectiva de género en mi vida y la Psicología

Por Aída Márquez Cobo
Psicóloga y Máster en Sexología y Género de Fundación Sexpol

 

Es curioso cómo nos encontramos de continuo con la negación de las desigualdades de género a día de hoy. Cada vez que se expresa una cuestión que afecta a las mujeres en voz alta, aparece una voz que clama “a los hombres también nos/les pasa”, o justo lo contrario, con el ya clásico “qué exagerada”. No son pocos los ejemplos que he vivido desde que decidí adentrarme en estos avatares de deconstucción y sumergirme cada vez más en la Teoría Feminista.

En mi ámbito de trabajo, la Psicología, y más concretamente en el Desarrollo Personal, hace tiempo que comencé a ver ciertos patrones de creencias, también en mí misma, sobre la propia identidad diferenciada entre géneros que los libros de texto trababan o bien de minimizar generalizándolos o bien otorgarlos a un sexo con una lógica biológica aplastante que lo justificaba todo. La táctica es común y clara: ni lo uno ni lo otro, todo y nada, pues los argumentos ambiguos y ambivalentes son siempre los más difíciles de desmontar, por lo que contribuyen a la permanencia y resistencia al cambio.

De pronto un día te encuentras delante de una detallada explicación del sistema sexo-género, que no es otra cosa que una forma más seria y menos aversiva de llamar al sistema patriarcal, y empiezas a ver piezas que no encajan y otras que ahora te encajan mejor. Aún no lo sabes, pero te has puesto las gafas moradas, y en la mayoría de los casos, cuando esto ocurre, ya no hay vuelta atrás. Es lo que me ha ocurrido a mí y a tantas personas, no solo mujeres, que expresamos nuestro compromiso constante por la construcción de una igualdad real.

Así que desde entonces, a parte de todo el trabajo de observación y cuestionamiento personal, voy revisando todos los conocimientos de mi profesión aplicando la perspectiva de género, para asegurarme de que no perpetúo con mis intervenciones la llamada educación diferencial, que está claro que continúa y se refuerza durante toda nuestra vida, ni de ser cómplice silenciosa de las desigualdades que tenemos tan interiorizadas, salvaguardando y respetando siempre los límites y los ritmos que puedan necesitar marcar las personas que acuden a mí para trabajar sus malestares.

Resulta ciertamente difícil acceder a textos académicos dentro de la Psicología que traten la cuestión del género de manera rigurosa. Existen, sí, pero no es fácil encontrarlos ni contrastarlos. Sin embargo, proliferan ampliamente todo tipo de artículos para ilustrarnos las más mínimas diferencias que se pueden encontrar entre los sexos (sí, sexo biológico).

Y es que en la ciencia, que tan aséptica pretende ser, tenemos también un serio problema anclado en una cadena de sesgos: sesgo de género en cuanto a los temas a investigar, porque las cuestiones de mujeres no interesan; si llegan a interesar, tenemos un sesgo en el diseño de la investigación por dos cuestiones, que suelen ser hombres que investigan cuestiones de mujeres sin contar con ellas, y que no se diferencian debidamente los conceptos de sexo y género.

Después nos encontramos otro sesgo a la hora de analizar y presentar los datos, puesto que al comparar los datos intergrupos (comparando los datos de los hombres con los de las mujeres) se tiende a magnificar las diferencias en mayor medida que si atendemos a las medidas intergrupos (las diferencias dentro del grupo de hombres, entre ellos, y de la misma forma entre las mujeres), calculado de esta forma nos encontramos en muchas ocasiones que la variabilidad de medidas entre los hombres y las mujeres es bastante alta en ambos casos, pero presentando como es costumbre los datos es como nos crean y refuerzan unas ideas de normalidad que no son tales, ni en sentido coloquial ni estadístico.

Y por supuesto, el más importante de los sesgos que encontramos a mi modo de ver, por ser el que afecta a la accesibilidad de la información y el conocimiento, es el sesgo de publicación, mediante el cual se seleccionan los temas más importantes o de mayor interés, que curiosamente suelen tener un patrón bastante androcentrista.

No pretendo ser exhaustiva con este asunto, puesto que no soy experta en la materia, y tampoco es sencillo encontrar los datos suficientes en las publicaciones científicas como para asegurarnos de que todo esto se ha tenido en cuenta correctamente (exacto, más ambigüedad). Por lo demás, en materia teórica, parece necesario acudir a disciplinas afines como la Sociología o Filosofía para dotar de sentido conceptual a ciertos fenómenos que encontramos en el plano psicológico.

Esto hace arduo, a la par que interesante y retador, estudiar, aplicar y ejercer la Psicología con perspectiva de género.

Algo que me habría gustado encontrar en los manuales de Psicología mientras me preparaba para trabajar en Desarrollo Personal, la Psicología aplicada al crecimiento de la persona sin que exista un cuadro clínico patológico, es una descripción del Síndrome de la Impostora.

Este síndrome se define como la falta de autoestima para desempeñar un puesto en espacios tradicionalmente masculinos, por el cual se tiene la necesidad de trabajar más y mejor para tener derecho a este reconocimiento[1].

Lo cierto es que he tenido que acudir a blogs y otros artículos publicados en internet para poder diferenciar este síndrome específico con el general síndrome del impostor. Y es que, efectivamente, cualquiera puede presentar este problema pero está ya bien definido y justificado que, debido a la educación diferencial, son muchas más las mujeres que lo sufren.

Ya en 1978 Pauline Clance y Suzanne Imes publicaron un artículo científico en el que presentaban sus conclusiones basadas en las intervenciones que realizaron en psicoterapia con mujeres que no eran capaces de internalizar sus logros. Estas mujeres desconfiaban de sí mismas, se sentían un fraude, y temían que su supuesto engaño se descubriese.

En este artículo las autoras incluso explican los principales perfiles de mujeres que sufren este síndrome y lo relacionan con modelos familiares y los roles asociados a ciertos estereotipos, como el de la hija perfecta o la más inteligente, que estas ocupaban en su familia.

Como ellas mismas decían, “a pesar de contar con logros académicos y profesionales extraordinarios, las mujeres que sufren el síndrome de la impostora están convencidas de que en realidad no son inteligentes y de que han engañado a quienes creen que sí lo son. (…) (Creen que) su éxito ha sido… cuestión de suerte y que (….) salvo que realicen un trabajo hercúleo (…) no podrán mantener el engaño”[2].

El sociólogo José A. M. Vela explica en un artículo de prensa expresa que “la socialización diferenciada, por la cual hombres y mujeres son educados en roles distintos y en valores distintos, crea el caldo de cultivo perfecto para que las mujeres sientan de forma masiva el síndrome de la impostora”. La persona que lo sufre “tratará de compensar lo que entiende como falta de capacidades (que no de preparación) con mayor esfuerzo y horas de trabajo. Cuando el proyecto o trabajo efectivamente sale correctamente, estas personas explican el resultado positivo gracias a su esfuerzo extra y no a sus capacidades, por lo que el síndrome se refuerza”[1].

Por mi experiencia, tanto observando a otras mujeres como en mi propia vivencia, diría que otro efecto es el de bloqueo o paralización, y lo que ocurre es que como no hay “producto final” (he aquí el capitalismo que tan bien casado está con el patriarcado, como cuenta Pamela Palenciano) no se puede advertir desde fuera que este temor está ahí, puesto que nadie puede juzgar hasta dónde podría llegar la mujer que no es capaz de materializar sus proyectos, ideas o sueños. No se puede medir en términos cuantitativos.

Si inculcar este temor no es una forma sencilla de mantener el orden patriarcal, en el que las mujeres no necesitan de nadie que les diga que NO PUEDEN porque ya son ellas mismas las que se autosabotean… realmente no se me ocurre un sistema de perpetuación más perfecto. Es una suerte de obsolescencia programada femenina, por la cual muchas al final rezarán el “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”, y no tratarán de ir más allá hacia sus metas.

Estas mujeres, que no llegarán a los puestos públicos de más o menos liderazgo y visibilidad, nunca se encontrarán con la etiqueta diagnóstica del síndrome de la impostora que quizás les permitiría trabajarlo, si su carga y todos sus “debería” les permiten pedir ayuda para sí mismas.

Esto hace urgente y necesario que trabajemos la construcción de la autoestima, la autoexigencia, y todo el sistema de valoración externa internalizada de las mujeres para que todas podamos hacer uso de esas igualdades formales que tanto han costado y que tanto se enarbolan para remarcar lo innecesario del feminismo.

Como comentaba más arriba, aunque son mayoritariamente mujeres quienes sufren este síndrome, puede sufrirlo cualquiera que se salga de la norma y que tenga que “demostrar” su valía en sociedad. Sin embargo, esto no me parece motivo para desacreditar la fuerza de los aprendizajes de género, sino más bien una confirmación, ya que comparto con la recién fallecida Kate Millet la idea de que “todas las formas de desigualdad humana brotaron de la supremacía masculina y de la subordinación de la mujer, es decir, de la política sexual, que cabe considerar como la base histórica de todas las estructuras sociales, políticas y económicas”[3]. Por tanto estos otros casos son al mismo tiempo razón y consecuencia de lo formulado.

Las bases de este síndrome son una baja autoestima y un alto perfeccionismo, causa niveles elevados de malestar, ya sea por ansiedad o somatizaciones diversas, pero no encaja con ningún diagnóstico clínico propiamente dicho. No se trata de un trastorno mental ni un rasgo de personalidad, se trata de una respuesta a estímulos externos, es un síndrome de carácter exógeno.

Sin embargo, cualquiera de  nosotras que se haya atrevido a formular en voz alta este temor de sentirse un fraude (y me incluyo) recibe un reproche automático sobre la falta de confianza en una misma de cualquiera que sea el interlocutor (y también me incluyo, porque también he juzgado a otras mujeres por sentirse así)[4]. Y es que encima, ¡la CULPA es nuestra!… y vale, hay que responsabilizarse de una misma y del cambio que quieres lograr pero… ¡si es que esto me lo habéis inoculado desde fuera! ¡no me hables ahora como si yo fuera defectuosa!

Creo que con estas palabras reflejo el sentimiento de muchas mujeres, y no solo ante este problema en concreto que he elegido como ejemplo, sino también ante muchos otros, como podría ser la llamada Dependencia Emocional. Pero hablar aquí también de los Mitos de Amor Romántico y cómo estos perpetúan y responsabilizan a la mujer de su propio malestar sería demasiado ambicioso y extenso.

Es un problema para la salud y el bienestar de las mujeres que las Ciencias de la Salud no sepan ni aparenten querer hacerse responsables, salvo afortunados casos, de los efectos de la desigualdad de género, y que desde ellas no sepamos paliar o mejorar los efectos de la educación diferencial que está aún muy lejos de desaparecer.

Este artículo ha sido una reflexión en voz alta, una manera de compartir mis inquietudes como profesional de la Psicología y, por supuesto, también una declaración de intenciones sobre cómo quiero poner mi granito de arena hacia una igualdad real desde mis posibilidades reales de actuación. Seguiré formándome, revisándome, y mirándolo todo de nuevo con mis nuevas gafas moradas, ya que estoy convencida de que, de nuevo citando a Kate Millet, “la revolución (feminista) ha de trascender a la reestructuración política o económica mediante una verdadera reeducación y maduración de la personalidad”[3] de cualquiera que tenga el valor de acometer esta tarea.

 

[1]       S. Carpallo, “Por qué el ‘síndrome de la impostora’ sigue atormentando a las mujeres,” S Moda, 2017. [Online]. Available: https://smoda.elpais.com/belleza/bienestar/sindrome-impostora-mujeres/.
[2]       P. R. Clance and S. Imes, “The Imposter Phenomenon in High Achieving Women: Dynamics and Therapeutic Intervention,” Psychother. Theory, Res. Pract., vol. 15, no. 3, pp. 1–8, 1978.
[3]       K. Millet, Sexual Politics. University of Chicago Press, 1970.
[4]       Amanda A, “El síndrome de la impostora,” Proyecto Kahlo, 2015. [Online]. Available: http://www.proyecto-kahlo.com/2015/05/el-sindrome-de-la-impostora/.

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