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(In)Satisfaction

Ría Viguer Alonso
Doble Máster de Sexpol

Si buscamos la definición de “satisfacción” encontramos que, en general, se entiende como un “sentimiento de bienestar o placer que se tiene cuando se ha colmado un deseo o cubierto una necesidad.”

Es decir, bienestar que surge cuando la integridad del organismo está asegurada. Cuando las necesidades primordiales están satisfechas y mantienen esa integridad podemos relacionarlo con el placer resultante del funcionamiento sano del proceso vital y continuo del cuerpo, que es más que un mero sobrevivir.

El placer aparece al satisfacer las necesidades, pero quedarnos con esta visión limita enormemente la comprensión del comportamiento humano. Sigmund Freud sostenía que el placer surge de la descarga de tensión y postulaba que la cantidad de placer está relacionada con la pendiente de descarga; a mayor pendiente mayor placer.

Aunque esta perspectiva sea válida, el placer depende de mucho más que de una descarga de tensión o saciar una necesidad. Apostaría a decir que no sólo se trata de cubrir la necesidad, sino de cómo se haga, de la manera en que se satisfaga. Evidentemente, las condiciones en que se dé dicha experiencia contribuirán a modificar la satisfacción resultante. No es lo mismo saciar el hambre con tu comida favorita, elaborada con cariño y en un entorno acogedor, que con un bocadillo reseco, comprado en un fast food y engullido en el metro.

Por otro lado, tal y como afirma Alexander Lowen, cierta tensión también puede ser placentera porque incrementa la excitación, siempre y cuando esté asociada a la perspectiva de su liberación o satisfacción. Si no existe esta perspectiva o se demora en exceso, el deseo y la necesidad se convierten en estados dolorosos.

Tanto la necesidad como su satisfacción pueden ser distintos aspectos del placer, sin olvidar que el dolor también se relaciona de manera estrecha y recíproca con éste; ya sea para facilitar la descarga de tensión, como consecuencia de la misma o al experimentar su desaparición.

Asimismo, el placer también está ligado a la capacidad de crecimiento, que es una expresión vital de ese proceso continuo existencial. La interacción con el entorno nos ayuda a desarrollar nuestras habilidades físicas, psicológicas y sociales, nos proporciona la excitación de la novedad y la satisfacción de evolucionar.

Como proponía Abraham Maslow, a través de su conocida jerarquía de necesidades que se suele representar mediante una pirámide, una vez cubiertas las necesidades deficitarias (fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento), la persona puede ocuparse del desarrollo del ser (la autorrealización). Todas ellas son instintivas pero se establece un orden de prioridad establecido según su obligatoriedad de cumplimiento, no necesariamente equivalente con el rango placentero. Atender las necesidades entendidas como más básicas e ineludibles para la supervivencia (deficitarias), puede ser igual o más gozoso que las consideradas más elevadas, como la autorrealización, que precisamente por ser más compleja puede resultar más ingrata. De igual manera, se podría pensar que si estamos ocupándonos del desarrollo del ser, situado en la posición superior de la pirámide, es porque hemos satisfecho las demás áreas de manera gratificante, pero quizás no sea así. De nuevo, las formas adoptadas para alcanzar el objetivo afectarán al resultado final.

Desde luego, lo idóneo sería abordar todos los aspectos vitales de una persona con el mismo propósito de disfrute, no sólo por obligación, facilitando un estado de satisfacción más estable y global.

Según Gilles Lipovetsky vivimos en una era del vacío en la que es imposible salir del círculo vicioso de insatisfacción y frustración. El individualismo narcisista imperante fomenta el deseo y la búsqueda constante de la realización personal, la libertad de elección y de expresión. Este autor mantiene que el derecho a ser íntegramente uno mismo y a disfrutar al máximo de la vida es la manifestación de la ideología individualista, que entiende al individuo libre como su valor referencial. Pero que también se manifiesta mediante la indiferencia de las masas, la dominación del sentimiento de repetición y estancamiento, junto con la banalización de la innovación. Se disuelve la fe en el futuro, imponiéndose la inmediatez del aquí y ahora.

En consecuencia, individualidad ávida de juventud, de deporte y ritmo, atada a crecer continuamente. Sociedad de consumo en su máxima expresión; consumimos de manera diferente, con tendencia hacia la información y las experiencias, los cuidados médicos y estéticos, pero consumo magnificado y extendido hasta la esfera privada, consumiendo la propia existencia.

“La sociedad posmoderna no tiene ni ídolo ni tabú, ni tan solo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico movilizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis”.

Ya decía Lowen que “somos esclavos de un sistema económico que promete satisfacción, pero produce frustración”. Y al sistema le beneficia enormemente que así sea, pues en esa búsqueda de alcanzar la plenitud se esconde la trampa de no tener nunca bastante; tratando de paliar el vacío de la insatisfacción consumiendo tendencias aparentemente saludables, solidarias, ecologistas y concienciadas, con el convencimiento de ser personas comprometidas y evolucionadas, merecedoras de mirar con soberbia a los consumidores convencionales, sin darse cuenta de estar atrapadas en el mismo juego, en la misma ratonera laberíntica.

Otro pilar importante en toda esta estructura, como apunta Lipovetsky, es la obsesión por la información y la expresión. O mejor dicho, la comunicación narcisista; “la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor”; el derecho y el placer narcisista a expresarse para nada concreto más que para sí mismo.

Todos podemos y queremos expresarnos, contar lo que tenemos para compartir, pero cuanto mayores son los medios de expresión menos cosas relevantes hay por decir. Cuando en realidad, además, nadie está interesado por esa profusión expresiva, salvo el emisor o el propio creador.

Los valores hedonistas, permisivos y psicologistas que se asocian a esta ideología individualista generan un nuevo tipo de control social. La personalización, a la carta, de los criterios y las opciones vitales de cada individuo genera la presión de no permitirse el descanso hasta conseguir la deseada plenitud prometida por la autorrealización.

Cuando lo más efectivo, en ese sentido, sería justamente lo contrario; parar, o al menos frenar el ritmo, para posibilitar conectar con uno mismo, con la esencia y con lo que, de verdad, nos pide el cuerpo. Tal vez así, nos daríamos cuenta de que la plenitud es la zanahoria que nos mantiene en la carrera. Ya que se trata del estado o momento de máxima perfección o desarrollo, si fuera posible alcanzarla, más allá de instantes fugaces, significaría quedarnos sin aspiración ni razón para vivir. Por más que corramos tras un reflejo en el agua nunca podremos atraparlo, es una quimera. No obstante, lo que sí podemos alcanzar es el bienestar placentero de sumergirnos en el agua y deleitarnos con todas las sensaciones.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar un aspecto crucial siempre que se aborda el tema de la satisfacción, el placer o la felicidad, y es la pareja. Más allá de plantear la evidencia de lo satisfactorio y beneficioso de compartir la existencia con otra persona de manera saludable y armoniosa, pretendo cuestionar el modelo de amor romántico que más que armonía y placer, en general, parece producir ansiedad y sufrimiento. Los mitos de este modelo como, por ejemplo, el concepto de la media naranja, la predestinación, el amor único y eterno, la entrega total, el binomio dolor/amor, el sacrificio, la posesión recíproca, la locura, junto con las creencias derivadas de los mismos como, “sin ti no soy nada, nací para amarte, sin ti la vida no tiene sentido, somos uno y sabemos (o deberíamos) lo que el otro quiere o necesita sin necesidad de hablar, si me apetece disfrutar actividades sin mi pareja algo está fallando, el amor lo puede todo, si tiene celos es porque me quiere, etc.”, quizá sean los mayores generadores de frustración, incomprensión e insatisfacción entre los seres humanos.

El hecho es que estamos sometidos a un bombardeo continuo que aniquila cualquier posibilidad de contento; la publicidad, el cine, la literatura, la música y el entorno en general, perpetúan los ideales inalcanzables que no pueden generar más que angustia. Así nos vemos empujados, en contra de la lógica, a continuar intentando encontrar a esa persona especial presuponiendo correcto dicho modelo afectivo sexual, en lugar de preguntarnos individualmente si comulgamos o discrepamos con él.  No puedo evitar acordarme de la frase atribuida a Albert Einstein, “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”.

Ya en el año 65 del pasado siglo The Rolling Stones, en su popular canción, mencionaban la incapacidad de conseguir satisfacción, aunque se intentara de diversas formas. Visto ahora parece el anuncio premonitorio de uno de los sentimientos o estados más extendidos en nuestra cultura. Quizás vigente a lo largo de toda nuestra historia pasada, y posiblemente futura, pues la insatisfacción es lo que, en el mejor de los casos, nos mueve a buscar el bienestar derivado de satisfacer un deseo.

Como decía Samuel Johnson, “La vida es una progresión de deseo en deseo, no de placer en placer”.

Aunque sea cierto, en términos generales, que en cuanto conseguimos algo deseado ya estamos anhelando lo siguiente sin pararnos a disfrutar lo conseguido, a mi parecer la vida es una sucesión de placeres, que adoptan múltiples formas e infinidad de intensidades, aunque comúnmente no se perciba así.

Hemos aprendido a juzgar y catalogar la vida de manera dicotómica cuando, en realidad, se trata de una polaridad ilusoria, ya que todo es lo mismo en un continuum; bueno o malo no son más que diferentes puntos de una misma línea. El concepto de insatisfacción se ha establecido como algo negativo, a evitar a toda costa, pero en la insatisfacción está la clave de la satisfacción; andamos preguntándonos qué hacer sin darnos cuenta de que en la pregunta suele estar la respuesta. Si fuéramos capaces de ver la suerte como oportunidad, que es sentirse motivado a buscar, descubrir, experimentar y aprender entenderíamos que la insatisfacción es beneficiosa para nuestro desarrollo y que si no fuera por ella caeríamos en la apatía.

Tal vez, se trata de encontrar el equilibrio, primero individual y luego conjunto, entre buscar y sentirse satisfecho con lo encontrado, sea esto lo que sea; con el conocimiento de que la perfección no hay que perseguirla ni alcanzarla, impidiéndote disfrutar del proceso, pues aquí y ahora ya todo es perfecto. La vida es movimiento y cambio, y las fuerzas que nos mueven a ellos necesarias. Agradezcamos y celebremos todo lo que nos queda por satisfacer.

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