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Feministas que forman a hombres ¿Activismo feminista o servilismo patético?

Laura Nieto Fuentes
Educadora Social
Máster Sexología y Género

Tras años de lucha feminista sacudiendo el binarismo sexogenérico que sostiene al patriarcado, tras haber pagado con mucho esfuerzo y sacrificio la consecución de los mismos derechos de que disfrutaban los hombres, hoy en día las mujeres siguen encontrando obstáculos en su camino. Las incongruencias entre igualdad legal y real evidencian la existencia de techos de cristal que operan en todas las esferas de sus vidas, impidiendo el ejercicio real de sus derechos, viendo limitadas sus capacidades de desarrollo personal, social y comunitario.

En palabras de Daniel Gabarró1, es momento de que los hombres hagan algo en favor de la igualdad. Y así es, pues la solución para derribar estos techos de cristal es sencilla, los hombres deben desempoderarse. Ya no es suficiente con que los hombres reflexionen sobre la construcción de sus identidades de género – como han venido haciendo algunos, motivados por los zarandeos de las diferentes olas feministas – si no que además deben reconocer de una vez por todas su posición de poder dentro del sistema como miembros del colectivo “masculino” y deben empezar a cuestionarse la forma en que utilizan ese poder en su cotidiano. Es urgente que tomen conciencia real de cuáles son sus privilegios en todos los ámbitos y que los abandonen, adoptando posturas y dinámicas alternativas al machismo que vienen ejerciendo hace ya demasiados siglos.

Sin embargo, a menudo observamos la negación y el desinterés de los hombres hacia esta tarea o, en el mejor de los casos, su ineficacia. Incluso los más cercanos y partidarios del movimiento feminista nos muestran, desconcertados, sus dificultades para identificar sus propios privilegios y la manera en que los ejercen, mientras nos siguen oprimiendo sin apenas percatarse. Es cierto que, en general, existe una falta importante de iniciativa por su parte cuando se trata de ampliar sus conocimientos sobre feminismo de forma autónoma – como hacemos la gran mayoría de las feministas – lo que hace comprensible esa falta de herramientas para deconstruirse.

Pero, y sin olvidarnos de este hecho, en muchos casos esas dificultades tienen que ver con lo que nos dice  Sandra Harding cuando – citando a Jokin Azpiazu – nos habla de la mirada privilegiada del sujeto oprimido, esa que precisamente conoce aquello que el sujeto hegemónico de las ciencias y el conocimiento no puede (ni probablemente esté interesado en) conocer. Así, la posición de poder de algunos sujetos les hace precisamente menos susceptibles del acceso al conocimiento que se esconde en otras esferas que no son las suyas. Resumiendo, en palabras del mismo Azpiazu, son las miradas construidas desde otras posiciones las que nos ayudan a pensarnos mejor y de manera más crítica2.

En cualquiera de los casos, la falta de avances en la deconstrucción de la masculinidad tradicional resulta como mínimo frustrante para nosotras que como mujeres tenemos que lidiar cada día con un mundo machista y misógino. Así que es comprensible que nuestra primera reacción sea distanciarnos del problema y invertir nuestras energías en seguir luchando para liberarnos de las cadenas que nos esclavizan. Desgraciadamente, tras muchos esfuerzos por nuestra parte, de nuevo nos topamos con la realidad; esto no es posible plenamente sin la colaboración del colectivo de los hombres.

Llegadas a este punto, las feministas del ámbito de la formación tenemos otra opción; ponernos a ello promoviendo este tipo de trabajo en los hombres, aportando nuestros conocimientos y nuestras energías. ¿Por qué no hacerlo? Cuando decidí dirigir mis talleres a hombres que quieren deconstruirse siempre me atacaba la misma duda… ¿realmente se trataba de una forma de activismo feminista o estaba incurriendo en un servilismo patético???

Esta duda me inquietaba, me preocupaba estar haciendo un flaco favor al feminismo y que mi labor fuera contraproducente para la lucha. No obstante, bien pensado, me doy cuenta de que el hecho de analizar y cuestionar conjuntamente con los hombres sus masculinidades desde una perspectiva feminista, parafraseando a Alicia Puleo3, nos da acceso a la equifonía, nos permite hacernos oír y ser escuchadas, obteniendo poder social. La capacidad de diseñar y dirigir las formaciones hacia el trabajo de los aspectos que consideramos cruciales, generando en los hombres la necesaria incomodidad productiva4, nos permite participar en la construcción de nuevas realidades y nos ofrece la posibilidad real de ejercer nuestros derechos interviniendo en lo público.

Siendo más ambiciosas, si cabe, considero muy interesante dirigir este tipo de formaciones sobre todo a hombres que a través de su trabajo sean multiplicadores de las posibilidades de transformación social, con la intención de que progresivamente sean ellos también quienes asuman este tipo de intervenciones asociadas a su colectivo y puedan desarrollar otras acciones igualmente transformadoras.

Queda claro, por tanto, que existen motivos de peso para que las feministas sigamos impulsando espacios formativos dirigidos a hombres que quieren deconstruirse, en los que sembrar nuestras propuestas para la creación de unas relaciones más respetuosas e igualitarias. Estos espacios representan una oportunidad de avance en la lucha contra el patriarcado a partir de un trabajo conjunto, lo que resulta aún más sugerente por subversivo.

 

Gabarró, D.: Transformar a los hombres, un reto social. 2008.
Azpiazu, Jokin: Masculinidades y feminismo. 2017.
Puleo, Alicia H.: Nuevas masculinidades. 2000.
Azpiazu, Jokin: Masculinidades y feminismo. 2017.

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