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Bisexualidad: Creo en los unicornios

Katherine Atenas Valdés
Máster Sexología y Género

La bisexualidad es como los unicornios, en la medida de que su existencia está determinada por la mirada verificadora de las/os observadoras/es, de  las/os guardianas/es de la orientación sexual (se dice que todas/os tenemos un/a policía interno/a para reestablecer el orden sexual); si te ven de la mano con una persona de “distinto sexo” se reconocerá que eres heterosexual, pero si te ven besándote con una persona de tu “mismo sexo” se asumirá que eres lesbiana o gay, rara vez  se puede apreciar a un trío heterogéneo de personas acariciándose, o a un grupo de gente diversa expresando abier­tamente sus deseos amorosos. Entonces, ¿Cómo se puede demostrar la existencia de la bisexualidad?, ¡espera!, ¿es que la bisexualidad está a prueba?… Por eso les digo que la bisexualidad es como los unicornios, en el fondo tienes que creer en ellos, tienes que creer para que sus sueños y deseos se vuelvan realidad. 

La cosmovisión predominante en las sociedades occidentales se basa en un sistema binario y dicotómico de la realidad, es decir, se observa por un prisma que sólo permite ver dos colores, dos sucesos diferentes y a la vez contrapuestos, y en el mejor de los casos, complementarios. En este sentido, surgen dos categorías conceptuales antagónicas: blanco/negro, bueno/malo, hombre/mujer, penetrador/penetrada, heterosexual/homosexual. Pero, ¡no solo eso! pues, a cada una de las categorías se les ha entregado un valor y se les ha asignado un puesto dentro de la jerarquía, y en consecuencia, una situación es siempre mejor que la otra porque encarna la norma, porque representa la normalidad.

Desde esta mirada, la conciencia colectiva de las sociedades germina bajo cimientos que configuran estructuras de opresión basadas en nociones como el machismo, el racismo, la heteronormatividad y el monosexismo, entre muchas otras más. El monosexismo es una estructura social que presupone que todas las personas se sienten atraídas solamente por un sexo/género, y en caso contrario, las personas monosexuales son intrínsecamente superiores que las personas bisexuales o no-monosexuales. En este sentido, dentro de la escala de valoraciones, las personas heterosexuales tanto como las lesbianas y gays, ocupan una situación privilegiada dentro de la jerarquización de las orientaciones del deseo.

Ahora bien, existen registros históricos de que la bisexualidad como práctica ha existido en diferentes épocas y culturas, pero sin nombrar la palabra concreta puesto que el concepto como tal es más bien recien­te. De acuerdo con la activista, escritora y profesora norteame­ricana Robyn Ochs la bisexualidad es “la capacidad de sentir atracción romántica, afectiva y/o sexual por personas de más de un género/sexo, no necesariamente al mismo tiempo, no necesariamente de la misma manera y no necesariamente en el mismo grado ni con la misma intensidad”.(FELGTB, 2016, p. 4)

El concepto de “bisexual” surge como término en el mundo de la medicina en el año 1890 para de­signar a personas con una “intersexualidad patológica”, hasta que el vocablo fue reemplazado rápidamente por uno que le hizo más sentido a la profesión. La palabra fue cambiada por el concepto de “hermafroditismo” haciendo alusión al mito clásico de la fusión de Hermes y Afrodita en un cuerpo que mantenía las características visibles de ambos sexos.

Posteriormente, el concepto fue empleado por Sigmud Freud en el psicoanálisis para definir  que al comienzo existe una bisexualidad innata en los seres humanos, pero que será definida más tarde por los procesos de socialización correspondientes al niño y a la niña, conducidos a identificar un objeto de deseo co­rrespondiente al “sexo opuesto” de acuerdo a la configuración de su genitalidad.  De este modo, la permanencia de la bisexualidad innata formaría parte de un proceso truncado del desarrollo psicosexual, vinculado con la inmadurez y la confusión.

Desde el modelo conductual, Alfred Kinsey y sus colaboradoras/es, elaboraron por primera vez una escala de clasificación de la orientación sexual a partir de una exhaustiva investigación que registró las experien­cias sexuales y la biografía sexual de 5300 hombres y 5940 mujeres de Estados Unidos.

La escala de Kinsey propone siete categorías articuladas de acuerdo a los comportamientos sexuales de las/os entrevistadas/os: 0 Exclusivamente heterosexual, 1 Mayormente heterosexual con alguna experiencia homosexual, 2 Heterosexual con importantes experiencias homosexuales, 3 Tanto hete­rosexual como homosexual (bisexual), 4 Homosexual con importantes experiencias heterosexuales, 5 Mayormente homosexual con alguna experiencia heterosexual­, y 6 Exclusivamente homosexual. Cabe destacar, que también se incluyó la variable X para las personas que no mantenían relaciones sexuales (asexuales).

No obstante, a pesar de que esta propuesta desmanteló el modelo binario heterosexualidad/homosexualidad, dando lugar a orientaciones del deseo que se movilizan en forma de un continuo, han surgido algunas críticas fundamentalmente relacionadas con la idea de que la escala no toma en cuenta la identidad sentida, o sea, la identidad que se asume para sí misma/o, y además, su metodología cuantitativa deja al margen el deseo bisexual­ que no ha sido practicado, las experiencias por curiosidad, y las relaciones sexuales lésbicas o gays durante un periodo de encarcelamiento o dentro de situaciones especiales de confinación.

Más tarde, han surgido nuevos esfuerzos teóricos para definir el concepto de bisexualidad y adaptar la Escala de Kinsey, cada cual con una perspectiva más amplia y diversa en comparación con su anterior. Fritz Klein, incorpora la noción de pasado, presente y futuro en la trayectoria sexual del/a sujeto/a, señalando que la orientación no es permanente ni estática. Por su parte, Xavier Lizárraga sugiere que se supriman las variables de heterosexualidad y homosexualidad absoluta por no representar la realidad y ser artificiales e inexistentes.

En la actualidad, si bien nos encontramos con dificultades para definir el concepto de bisexualidad, aún se pueden sacar algunas ideas en conciliación. Primero, que las orientaciones sexuales, y en especial la bisexualidad, no pueden encajar en escalas numéricas aunque sean más o menos amplias, segundo, que la bisexualidad no responde a criterios inamovibles, sino que es atemporal e impermanente, tercero, tiene que ser proclamada desde lo más profundo del ser por la propia persona que se identifica, no puede ser impuesto ni etiquetado. Aunque, sólo con respecto a este último punto, ¿Qué pasaría si existieran obstáculos sociales  como bien sabemos que existen – que dificulten el proceso de reconocimiento y aceptación de la bisexualidad? ¿Qué sucede entonces, con la bifobia interiorizada?

La bifobia son sentimientos, comportamientos y actitudes de rechazo, discriminación, estigmatización y aversión hacia personas declaradas o etiquetadas como bisexuales. Por vivir en sociedades donde predomina la jerarquía, los privilegios y las situaciones de exclusión, es que nadie está exento de sentir o expresar pensamien­tos opresivos, a menos que se trabaje arduamente en torno a la re-educación y la de-construcción de los modelos de aprendizaje que nos domestican, es por esta razón, que las personas bisexuales también pueden ser bifóbicas hacía sí mismas, lo que ocasiona el deseo de huir del estigma social, y por ende, dificulta el proceso de  auto-aceptación y la manifestación pública de su orientación­.

La bifobia es una discriminación específica y diferente a la homofobia, porque se deriva de una doble invisibilidad social y cultural, por el hecho de no sólo ser un blanco vejatorio de la heteronormatividad, sino que también, porque pareciese ser una orientación rele­gada e incomprendida incluso dentro del propio colectivo LGT. Las escasas campañas y representación de las exigencias particulares de las/os bisexuales, el asumir que los logros del movimiento simbolizan el éxito consecutivo de las reclamaciones bisexuales, la negación, la marginación, la exigua aparición de rostros públicos en los medios, en la literatura y en el cine, y el establecimiento y fortalecimiento de los estereotipos asociados a una bisexualidad promiscua y confusa, no hacen más que reforzar la invisibilidad crónica y la bifobia social imperante.

Asimismo, la bifobia es alimentada por ciertos mitos que están fuertemente aferrados a ciertas creencias y estereotipos que suscitan la creación de un personaje inmoral, funesto e inestable. Dentro de los mitos que giran en torno a las personas bisexuales se pueden encontrar los siguientes arquetipos:

  • Son promiscuas, infieles y viciosas por naturaleza
  • Son inmaduras, están confundidas o están en fase de transición
  • Son cobardes y mentirosas
  • Les da igual carne que pescado
  • Son vehículos de transmisión de enfermedades
  • Son una amenaza
  • La bisexualidad como tal no existe porque en el fondo todas/os somos bisexuales
  • Disfrutan del privilegio heterosexual cuando les conviene
  • La bisexualidad es una moda

Debido a la escasa investigación, la bifofia, la creación de mitos, y el consenso para determinar una definición que coincida con la expresión de todas las formas de bisexualidades, es que resulta extremadamente dificultoso elevar una estadística que contabilice el número de personas bisexuales dentro de la población. Sin embargo, de las personas que se identifican con dicha orientación se ha investigado que pertenecer a la población bisexual es un factor de riesgo que atenta directamente en contra de la calidad de vida y la salud mental, en la medida de que en comparación con lesbia­nas y gays, y por supuesto con la población heterosexual­, tienen significativamente más elevados los niveles de angustia, ansiedad, depresión, autolesiones y suicidio.

Según los datos recopilados por el Informe sobre Bisexualidad: Inclusión bisexual en igualdad y diversidad LGTB del Reino Unido (2012), se determinó que 1 de cada 4 personas bisexuales han sufrido de violencia intragénero, que es similar al número de mujeres heterosexuales, asimismo, hombres bisexuales son 6,3 veces más probables y mujeres bisexuales 5,9 veces más propensas en reportar un suicidio en comparación con la población heterosexual y LG, también se diagnosticó que mujeres y hombres bisexuales se sentían menos cómodos con su sexualidad en contraste con personas LG, y que por lo tanto, les era más complejo salir del armario con su familias, amigas/os, instituciones y profesionales de la salud.

Como hemos visto, la bisexualidad se enfrenta con fuertes obstáculos para salir a la luz y ser reconocida como una orientación más, en gran parte porque es una orientación que expresa una diversidad en sí misma, y es una amenaza en la medida de que si se acepta y reconoce su existencia se dará apertura a la demolición del sistema binario y de la comprensión de las orientaciones sexuales como sucesos fijos e inmutables.

Pero, y si la bisexualidad no fuese una orientación, y si fuese tal y como sospecha Marjorie Garber una sexualidad que rompe con la orientación sexual como categoría, cuestionando el binarismo y la concepción misma de la orien­tación del deseo, y si fuese la demostración de que “la naturaleza de la sexualidad, que es fluida y no fija, es una natatoria que cambia con el tiempo en lugar de una identidad estable, aunque compleja. El descubrimiento erótico que aporta la bisexualidad es la revelación de la sexualidad como un proceso de crecimiento, transformación y sorpresa, no un estado del ser estable y plausible de ser conocido”:(FELGTB, 2012, p., 10)

¿Y si acabáramos con las etiquetas? ¿Y si demoliéramos las categorías? Comprendo que, si bien es cierto, tal y como está configurado el mundo, la existencia de una situación o cosa requiere de una definición concertada que describa al menos sus componentes básicos, comprendo que la aceptación de una terminología exacta para la(s) bisexualidad(es) debe surgir sobre todo para reconocer y afirmar su existencia, pero, y si en realidad tal definición exhaustiva y tanta especulación acerca de la causa de la(s) bisexualidad(es) en realidad no hicieran falta, y si lo que en verdad necesitamos es abandonar nuestros intentos por delimitar los alcances del deseo y ponerles nombre, puesto que si en algo coincidimos acerca del deseo es que es fluida y es algo movedizo, que aparece y desaparece en múltiples formas.

Con esto no pretendo desbaratar la relevancia histórica y revolucionaria que tiene el poder de la palabra para dotar de significaciones a las cosas, sobre todo cuando son los propios grupos oprimidos quienes definen las situaciones de subordinación, pero a veces las categorías pueden causar unión, y por el contrario, existen ocasiones en las que genera división y estancamiento, sobre todo en un campo de tantas aristas como es el terreno de la sexualidad, sobre todo en un espacio tan diverso y enriquecedor como nuestra orientación del deseo. Tal vez si dejásemos que nuestra sexualidad fluyera libremente nos iríamos encontrando unas/os con otras/os en un movimiento continuo que en realidad no es exigible de que vaya hacia ningún lado.

Bibliografía
FELGTB (2012) Argumentario del Área de Bisexualidad de la FELGTB, España, Madrid: Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales.
FELGTB (2016) Aproximación Teórica a la Bisexualidad, Madrid: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad / Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales.
FELGTB (Sin Fecha) Cuestiones Básicas sobre la Bisexualidad. Extracto del Argumentario, Madrid: Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales.
Klein., F., Manifiesto Bisexual http://www.felgtb.org/rs/1521/d112d6ad-54ec-438b-9358-4483f9e98868/854/filename/manifiesto-opcionbi.pdf (extraído el 23/06/2017)
The Open University (2012) El Informe sobre la Bisexualidad: Inclusión Bisexual en Igualdad y Diversidad del LGTB, Reino Unido: Centro para la Ciudadanía, Identidades y Gobierno / Facultad de Salud y Cuidado Social.

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